10.8.17

ESTÍOS


 
 
 
 

Éramos felices. Y no lo sabíamos. Pero es que precisamente el no saberlo era lo que nos hacía felices.

 

En la azotea, al anochecer, descubro sobre el horizonte mellado de los conjuntos de edificios, una luna amarillenta, la luna casi naranja de principios de agosto. Recuerdo que, allá, por los setenta, cuando veraneábamos en las afueras de Torrevieja, yo pasaba los ratos, observando fascinado, con unos potentes prismáticos que mi padre trajo de Ceuta, la imagen de la misma luna y su reflejo sobre el mar. La masa del mar permanecía quieta, como un bloque imposible de imaginar, mientras que la superficie sobre la que se encendía el reflejo fantasmagórico de la luna, era una textura en permanente movimiento. Las crestas y los picos del agua no paraban de asomarse y sucederse en un mismo punto, sin avanzar. De aquellos poéticos visionamientos hasta ahora han pasado más de treinta y cinco años, pero la luna que acabo de ver sobre los edificios esta noche es la misma que entonces, y si en vez de edificios estuviera el mar y yo dispusiera de unos prismáticos, las imágenes que podría descubrir serían, prácticamente, idénticas a las de entonces. Podría decir que esta noche de agosto de 2017 he visto lo mismo que una noche de 1979. Lo fascinante es constatar esto: la luna y el mar son idénticos, mientras que yo no soy el mismo. El tiempo transcurre de modo diferente para la luna y el mar que para el sujeto que soy yo. Mi tiempo ha acontecido, aunque no haya concluido: se ha achicado, fragmentado, estirado, producido, encarnado, derrochado, mientras que la luna y el mar permanecen inalterables. Ante la luna y el mar descubro con contundencia y desconcierto,  mi fugacidad. La naturaleza engasta sus generaciones en los tiempos cósmicos, mientras que el funcionamiento de mi vida, comparativamente, se corresponde con un tiempo microcósmico.

 

 

Hace un par de temporadas, visité a mi hermano que veraneaba cerca de Santa Pola. Hacía bastantes años, décadas, que no pisaba una playa. Apenas bajarnos del coche, al percibir el aroma dulzón de ciento de cremas aplicándose sobre cientos de espaldas y muslos, hice un viaje exprés al tiempo. De inmediato me instalé en la Torrevieja de los setenta. Entonces, como ahora, el hachazo del sol no impedía que el aire en torno a las sombrillas desplegadas y los cuerpos tendidos, dispersara el denso perfume de las cremas protectoras. La sensación que tuve, además de la rememoración instantánea, fue la de sorpresa: la percepción del perfume de las cremas me hacía constatar una suerte de continuum en el tiempo, independientemente de los años y de las circunstancias. Distinguí, pues,  entre lo que suponía el viaje repentino a la memoria, la floración del recuerdo asociado a una sensación, y lo que tal cosa aseguraba y comportaba,  una especie de continuidad que trascendiera el espacio y el tiempo, aunque inextricablemente unido a ello. Al ir caminando por el paseo paralelo a la playa, el perfume dio paso a un flujo multicolor de volúmenes gravitando sobre la línea blanda de la arena: los cuerpos y sus bañadores. Y la grata sensación de autonomía persistía. A pesar del tiempo transcurrido desde que yo me bañaba a finales de los setenta hasta ahora, el cambio en la moda de los bañadores, el peinado, la tipología social, todo venía a ser lo mismo ahora que entonces. La misma calma, los mismos olores repentinamente cruzados entre las cremas y el yodo, el mismo remanso humano con  el azul manante del mar como fondo paradisíaco.  

 
 
 
 

El verano supone, generalmente, el abordamiento del “exterior” que en primavera ya  comenzara a insinuarse, es decir, el abordamiento de la naturaleza. Ya sea montaña o playa, campo o costa, turismo de interior, o submarinismo, lo que se ofrece es la naturaleza como un sinfín de itinerarios. ¿Supone esto un lánguido volver a los orígenes, un planteamiento temporal de experimentar el paraíso? Entre otras cosas el verano también supone dejar vacante al pensamiento. No apetece, precisamente, leer filosofía bajo los rayos reblandecedores del sol. Pero la poesía quizás sí. De todos modos, abandono a la dulzura de lo sensorial y complejidades laberínticas del razonar, no parece que casen muy bien. Son ámbitos que se rechazan, o que no necesitan uno del otro. Otra cosa es la noche del verano, que junto a lo sensual, sí puede suscitar la llamada al misterio, precisamente provocada por esa relajación de las normas y el abandono temporal de la rigidez de las  estructuras lógicas. El misterio entra aquí como una tentación más tranquilamente alucinada que activamente especulativa, adormeciendo los hábitos comunes del obrar racional. En invierno examinas los pensamientos que se suceden y te ves afectado por ello. Ahora dejas que impere la sensación, que el orbe de lo sensorial abra todos sus acariciadores dispositivos y conexiones.       

    
 
 
 

Durante el verano la fruición del intelecto parece menos específica que en invierno. Ahora tiene que compartir  con la floración de las sensaciones todo lo que se revela o se descubra. Los laberintos intelectuales parecen haberse quedado guardados en los cuarteles de invierno. Solo la poesía del detalle, de los atardeceres frente al mar o la vivencia amorosa en los espigones, puede antojarse productiva si pretendemos escribir sobre ello. El verano puede atemperar el distanciamiento del pensar a través de lo que disfrutar del mismo supone: la aventura, tanto geográfica, como sentimental.

 

¿A qué se parecerá la eternidad: al verano o al invierno; a la actividad o al descanso? ¿Qué haremos en la eternidad: lo que, más o menos, desempeñamos durante el período de trabajo en invierno, o alcanzar la eternidad se parecerá a unas vacaciones sin fin, porque hayamos cumplido con todos nuestros deberes y ese sea nuestro premio? El invierno y el verano como modelos rudimentarios y simbólicos del infinitivo transespacial y transtemporal  que podría definir por encima el ser de lo eterno.

 

La romántica imagen de una pareja, de un hombre y de una mujer cogidos de la mano, caminando por la orilla del mar es la imagen de la dicha: la presencia del mar representa la eternidad, es decir,  la duración infinita de la felicidad. El caminar tranquilamente frente a la inmensidad del mar también indica confianza, esperanza asegurada. Ese titán que es el mar no me agredirá nunca, su inmensidad es la dimensión de la felicidad alcanzada. No me inquietaré por qué es lo que hay más allá del horizonte marino. La felicidad me lo impide y además, estoy seguro de no poder lucubrarlo.   
 
 
 
 

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