15.8.17

CALLE CINCO DE MARZO


Si Tápies se hubiera pasado por esta pequeña calle oriolana que conecta la calle San Juan, donde nació Miguel Hernández, con  el paseo Calvo Sotelo, le habría gustado constatar todas estas texturas, auténticas escrituras del tiempo, que se esconden en apenas diez metros de hormigón desollado y fachadas de casas señoriales.   
 
 
 













 

 
 

10.8.17

ESTÍOS


 
 
 
 

Éramos felices. Y no lo sabíamos. Pero es que precisamente el no saberlo era lo que nos hacía felices.

 

En la azotea, al anochecer, descubro sobre el horizonte mellado de los conjuntos de edificios, una luna amarillenta, la luna casi naranja de principios de agosto. Recuerdo que, allá, por los setenta, cuando veraneábamos en las afueras de Torrevieja, yo pasaba los ratos, observando fascinado, con unos potentes prismáticos que mi padre trajo de Ceuta, la imagen de la misma luna y su reflejo sobre el mar. La masa del mar permanecía quieta, como un bloque imposible de imaginar, mientras que la superficie sobre la que se encendía el reflejo fantasmagórico de la luna, era una textura en permanente movimiento. Las crestas y los picos del agua no paraban de asomarse y sucederse en un mismo punto, sin avanzar. De aquellos poéticos visionamientos hasta ahora han pasado más de treinta y cinco años, pero la luna que acabo de ver sobre los edificios esta noche es la misma que entonces, y si en vez de edificios estuviera el mar y yo dispusiera de unos prismáticos, las imágenes que podría descubrir serían, prácticamente, idénticas a las de entonces. Podría decir que esta noche de agosto de 2017 he visto lo mismo que una noche de 1979. Lo fascinante es constatar esto: la luna y el mar son idénticos, mientras que yo no soy el mismo. El tiempo transcurre de modo diferente para la luna y el mar que para el sujeto que soy yo. Mi tiempo ha acontecido, aunque no haya concluido: se ha achicado, fragmentado, estirado, producido, encarnado, derrochado, mientras que la luna y el mar permanecen inalterables. Ante la luna y el mar descubro con contundencia y desconcierto,  mi fugacidad. La naturaleza engasta sus generaciones en los tiempos cósmicos, mientras que el funcionamiento de mi vida, comparativamente, se corresponde con un tiempo microcósmico.

 

 

Hace un par de temporadas, visité a mi hermano que veraneaba cerca de Santa Pola. Hacía bastantes años, décadas, que no pisaba una playa. Apenas bajarnos del coche, al percibir el aroma dulzón de ciento de cremas aplicándose sobre cientos de espaldas y muslos, hice un viaje exprés al tiempo. De inmediato me instalé en la Torrevieja de los setenta. Entonces, como ahora, el hachazo del sol no impedía que el aire en torno a las sombrillas desplegadas y los cuerpos tendidos, dispersara el denso perfume de las cremas protectoras. La sensación que tuve, además de la rememoración instantánea, fue la de sorpresa: la percepción del perfume de las cremas me hacía constatar una suerte de continuum en el tiempo, independientemente de los años y de las circunstancias. Distinguí, pues,  entre lo que suponía el viaje repentino a la memoria, la floración del recuerdo asociado a una sensación, y lo que tal cosa aseguraba y comportaba,  una especie de continuidad que trascendiera el espacio y el tiempo, aunque inextricablemente unido a ello. Al ir caminando por el paseo paralelo a la playa, el perfume dio paso a un flujo multicolor de volúmenes gravitando sobre la línea blanda de la arena: los cuerpos y sus bañadores. Y la grata sensación de autonomía persistía. A pesar del tiempo transcurrido desde que yo me bañaba a finales de los setenta hasta ahora, el cambio en la moda de los bañadores, el peinado, la tipología social, todo venía a ser lo mismo ahora que entonces. La misma calma, los mismos olores repentinamente cruzados entre las cremas y el yodo, el mismo remanso humano con  el azul manante del mar como fondo paradisíaco.  

 
 
 
 

El verano supone, generalmente, el abordamiento del “exterior” que en primavera ya  comenzara a insinuarse, es decir, el abordamiento de la naturaleza. Ya sea montaña o playa, campo o costa, turismo de interior, o submarinismo, lo que se ofrece es la naturaleza como un sinfín de itinerarios. ¿Supone esto un lánguido volver a los orígenes, un planteamiento temporal de experimentar el paraíso? Entre otras cosas el verano también supone dejar vacante al pensamiento. No apetece, precisamente, leer filosofía bajo los rayos reblandecedores del sol. Pero la poesía quizás sí. De todos modos, abandono a la dulzura de lo sensorial y complejidades laberínticas del razonar, no parece que casen muy bien. Son ámbitos que se rechazan, o que no necesitan uno del otro. Otra cosa es la noche del verano, que junto a lo sensual, sí puede suscitar la llamada al misterio, precisamente provocada por esa relajación de las normas y el abandono temporal de la rigidez de las  estructuras lógicas. El misterio entra aquí como una tentación más tranquilamente alucinada que activamente especulativa, adormeciendo los hábitos comunes del obrar racional. En invierno examinas los pensamientos que se suceden y te ves afectado por ello. Ahora dejas que impere la sensación, que el orbe de lo sensorial abra todos sus acariciadores dispositivos y conexiones.       

    
 
 
 

Durante el verano la fruición del intelecto parece menos específica que en invierno. Ahora tiene que compartir  con la floración de las sensaciones todo lo que se revela o se descubra. Los laberintos intelectuales parecen haberse quedado guardados en los cuarteles de invierno. Solo la poesía del detalle, de los atardeceres frente al mar o la vivencia amorosa en los espigones, puede antojarse productiva si pretendemos escribir sobre ello. El verano puede atemperar el distanciamiento del pensar a través de lo que disfrutar del mismo supone: la aventura, tanto geográfica, como sentimental.

 

¿A qué se parecerá la eternidad: al verano o al invierno; a la actividad o al descanso? ¿Qué haremos en la eternidad: lo que, más o menos, desempeñamos durante el período de trabajo en invierno, o alcanzar la eternidad se parecerá a unas vacaciones sin fin, porque hayamos cumplido con todos nuestros deberes y ese sea nuestro premio? El invierno y el verano como modelos rudimentarios y simbólicos del infinitivo transespacial y transtemporal  que podría definir por encima el ser de lo eterno.

 

La romántica imagen de una pareja, de un hombre y de una mujer cogidos de la mano, caminando por la orilla del mar es la imagen de la dicha: la presencia del mar representa la eternidad, es decir,  la duración infinita de la felicidad. El caminar tranquilamente frente a la inmensidad del mar también indica confianza, esperanza asegurada. Ese titán que es el mar no me agredirá nunca, su inmensidad es la dimensión de la felicidad alcanzada. No me inquietaré por qué es lo que hay más allá del horizonte marino. La felicidad me lo impide y además, estoy seguro de no poder lucubrarlo.   
 
 
 
 

4.8.17

LECTURAS NO, PRECISAMENTE, DE VERANO



 
HUGO BALL.
La huida del tiempo
 
 
 
Confieso que tenía un concepto paupérrimo de Hugo Ball. Creía que había sido un dadaísta gamberrete de la época, que se había dedicado a disfrazarse de una versión del hombre de hojalata, previa a la fílmica de El mago de Oz. Pero para nada. Hugo Ball que fue líder dadaísta, y poeta, es sobre todo un agudo analista de las transiciones sociales y estéticas que experimentó Europa tras la Primera Guerra Mundial y un personaje crucial de las vanguardias artísticas.  La formación filosófica del autor se nota bastante en las vibrantes páginas de este diario intelectual, en las que plasma una lúcida reflexión, tajante, rápida y aderezada por chispas de humor dadaísta, del hervidero revolucionario que suponía el horizonte europeo previo al estallido de la segunda guerra mundial. Hugo Ball nos habla de los nuevos pintores y escritores, de los comunistas, de los anarquistas, del espíritu alemán, de los idearios libertarios y la historia antigua de la Iglesia, de las sesiones dadaístas, de Herman Hesse, de Tolstoi, de Plotino, de Kokoschka, de Tristán Tzara, del marqués de Sade, nos cuenta, también, sus sueños... Un documento sorpresivamente excepcional, lleno de observaciones curiosas e interesantes sobre uno de los momentos más explosivos de la historia occidental de las letras y del arte.
 
 
 
 
 Wallace Stevens
AFORISMOS COMPLETOS
 
 
 
La poesía no es algo extraño a la realidad ni meramente, una versión mejorada de la misma. La poesía exalta vitalmente al individuo y no deja nunca de atañer a la realidad. El campo de experiencia de la poesía es la realidad y esta se transforma en la medida en que la poesía nos la revela múltiple y distinta, en evolución metamórfica. Todos los aforismos reunidos aquí del discípulo americano de Mallarmé tratan, concéntricamente,sobre esta cuestión. Posiblemente, Stevens combatió de este modo el calificativo de "poesía pura" que podría cernirse, peligrosamente, sobre su concepto de poesía. Si poesía y realidad son una convergencia, elimino servidumbres temáticas y conjeturas antagónicas y confirmo un misterio creativo. Lo que me atañe es la poesía la que lo puede expresar del modo más elocuente.  El contexto de la poesía es lo que ocurre en la realidad, por eso poesía y realidad no pueden maniqueamente dividirse.
 
 
 
 
 
 
 
Héctor Berlioz
MEMORIAS
 
 
 
A veces ocurre que un libro, por razones varias que no has previsto, "te entra", es decir, te pones a leerlo sin esfuerzo, te gusta tanto que no te paras a reflexionar sobre lo que has leído sino que quieres más y más texto, y cuando decides hacer una pausa, te das cuenta de que te has zampado más de la mitad o te falta poco para acabarlo. Algo así me ha ocurrido con este engañosamente aparatoso volumen, las memorias del compositor romántico francés Héctor Berlioz.
Berlioz es un escritor nada desdeñable. Si lo que pretendió con estas memorias fue la de enganchar al lector al tiempo que llevar a cabo una entretenida ilustración de la sociedad y el mundo de las artes de su época, hay que confirmar que lo consigue. El "estilo" de Berlioz se revela eficaz, rápido y bien adjetivado, sin demoras ni elucubraciones de más, y sobre todo vinculado a anécdotas, personajes y escenarios muy concretos, lo que se traduce en una facilidad de imágenes y sucesos que fluyen con facilidad en la imaginación lectora.
Solemos tener del barroco y también del romanticismo musical, un concepto exquisito. Una de las cosas que llama la atención de estas memorias al respecto, es que nos recuerde que "en todas partes cuecen habas", es decir, que, independientemente, de las mejores cualidades con las que creemos definir el espíritu de una época, las incidencias más prosaicas e incluso groseras e insólitas, se han producido también en tales hitos sociales que interpretamos excepcionales por sus dotes para la creación del gran arte. Berlioz nos habla de las durezas de su formación musical, de su lucha contra su familia para hacerse respetar como músico, profesión despreciada como profesión por los burgueses más aristocráticos de entonces; de la rivalidad entre los compositores más conocidos del momento y de cómo él mismo se sumó con fiereza a tal competitividad, de las pintorescas costumbres del público decimonónico amante de la ópera, de las reacciones salvajes de la gente ante los espectáculos musicales que parecían convertir, a veces, en una suerte de  autoexpurgante o lenitivo de sus instintos animales.
Berlioz insiste, y nos lo describe con transparencia, en su lucha contra la masa amorfa de los sonidos, en cómo el arte consiste, precisamente, en darle harmonía y forma al conjunto en bruto de los sonidos, tarea obsesiva pero al final, gloriosamente compensatoria.
Temperamento luchador y melancólico, Berlioz, a mi parecer, no tiene la genialidad que tuvieron otras figuras del romanticismo musical, como Chopin o Lizst, pero produjo obras de notable envergadura, como su Réquiem. Su testimonio se lee con gusto y se viaja con singular claridad a una época repleta de pasiones y complejidades interiores, como fue la del Romanticismo.   
 
 
    
 

26.7.17

EL FLUJO SEMIÓTICO









Los ejes inmóviles seccionan la tierra.




Aquella divinidad prensaba galaxias con cada parpadeo.



Simular espacios.



La naturaleza justifica muertes por razones de economía cósmica.



El genio no depende de un texto.



Una disciplina de horizontalidades y superficies reflejadas organiza la materia de los paisajes.



Quisiera ceder el mejor de mis humores al tímido ángel que habita en mí.




En el espacio, sin embargo, no sobra espacio.



A pesar de todo, somos sede de un milagro que acecha.










Los confines son movedizos.



El aforismo es la gravitación absoluta de un significado súbito.



Deshacía su alma en pernoctaciones salvajes.



En ultimo término, poesía y realidad convergen de tal manera como si nunca hubieran estado disociadas.



La multidireccionalidad es la dirección de lo real.



Ascendía a límites descendentes.



La información es, a veces, un adherente inoportuno.



En el paraíso se prohibirán las incidencias biológicas.









Aunque se someta a las presiones térmicas del significado, el signo no acabará convirtiéndose, propiamente, en un símbolo.



La audacia pesca en los manantiales de altura.



Antes y después del análisis, ardor y signo del ardor, son lo mismo.



Defino el universo para fascinarme más con él.



El humor de los peces es indiscernible.



El sometimiento a la palabra debiera comportar una aceptación legítima de lo razonable, afirmar un principio de justicia distributiva.




Descartes, Pascal, los poetas, creen en las revelaciones profanas.








Los escrúpulos simulan, torpemente, virginidades perdidas.



La imaginación no entorpece la tesis, trabaja para potenciar la lucidez.



Soy receptor de signos. Tú eres creador de los mismos, al tiempo que también registras otros. ¿Qué misteriosa urdimbre tejemos entre todos?



Los faraones conocían los escozores en la piel, pero simulaban al amparo del oro solar.



La proposición del mundo es una densa nube de objetos.



La rosa levita en su frondosidad.



Un efecto huérfano inventó su causa.



La misión del poeta es rescatar la riqueza del universo.



En torno a cualquier respetuosa liturgia, las servidumbres íntimas crecen como hongos.  



 




La información conjunta y relaciona datos. No conoce la dimensión entrañable, anímica de la experiencia.


 
El ojo del guerrero del vaso ibérico y la mirada de Picasso pertenecen una misma intensidad.
 


Se muere todos los días, pero no acaba de ponerse de moda.



La bipartición del signo produce emblemas invertidos acosados por mensajes recurrentes no autoconscientes.



La hora fue el habitáculo concreto del ser.



El mundo barroco es un batido de signos en busca de una alegoría.



Mucha información sobre algo es contraproducente.


 
Los procesos semióticos son las redes proteicas de la ilusión cog-
noscitiva.



En las periferias del signo encontramos máscaras semienterradas.



La idiosincrasia de la palabra se llama polisemia.



El desliz del pensamiento se llama ideología.






18.7.17










Briznas de verano.
Amas a alguien que nunca conocerás,
alguien que ya no existe,
aquella deliciosa actriz de aquella remota película
que conviertes en musa de un sueño amargo.
Te sumes en mórbidos regodeos
Al recordar a aquella chica
que un verano te fascinó
desde el marco de una cartelera
a las puertas de un cine,
un verano envuelto en las dulzonas gasas
de finales de los setenta y principios de los ochenta.
 
Amar la melancolía,
amar el amor,
qué bizantina forma de desaparecer
entre las horas
que ya han dejado de ser reales.

 

5.7.17

LA FASCINACIÓN AMERICANA.








Durante los noventa  leí con golosa expectación  a Baudrillard. Era el filósofo  de moda que definía como ningún otro, con viveza y polémica contundencia, la dinámica de los males y extrañezas del mundo actual. Luego, perdió fuelle en mi interés, ya fuera porque a partir del año 2000 no produjo ninguna obra realmente tan reveladora como las anteriores o porque acabé creando en mí un estereotipo de su figura y por ello me harté de su escritura. Yo creo que algo muy parecido le ocurrió a Eugenio Trías, quien en un artículo publicado hacia el 2012, más o menos,  escribió (me acuerdo de la frase): “leer hoy a Baudrillard es insoportable”. Al leer aquello, recuerdo que asentí al mismo tiempo que me sentí culpable de hacerlo al sospechar  sobre la justeza de tal observación.

Si no eres periodista sino sociólogo o filósofo y vinculas tu producción de obra crítica a un análisis exclusivo de la actualidad, te arriesgas a que tus libros pierdan cierta vigencia superficial, precisamente, por la sustitución de la actualidad que analizas por otra, la siguiente, que será sustituida a su vez por otra, y así, de este modo, interminablemente.

Esto, en parte, es lo que ha ocurrido con algunos libros de Baudrillard, con una masa de su discurso, incluso con los conceptos estrella que inventó y con los que creyó identificar la dinámica social y política de los ochenta y los noventa, por ejemplo, el de “simulacro”, tan útil para definir el despliegue de las realidades virtuales. Lo que quiero decir es que, visitando la obra del escritor francés, al tiempo que uno se irriga intelectualmente  con la vistosidad de sus exposiciones, se experimenta cierta melancolía por esa vinculación tan enfática del despliegue conceptual a las anfractuosidades de lo temporal. Cuando me encuentro con un libro de Baudrillard en una librería, siento las ganas de adquirirlo mezcladas con una sensación triste ante el análisis de esa cosa antigua llamada modernidad. 
Pero es que ocurre, y con esto justifico mi remordimiento ante mi rechazo episódico de este autor y el juicio de Trías, que no hemos salido, y mucho menos trascendido, el mundo que tan elocuentemente retrató Baudrillard. Estamos de lleno inmersos en él, en su apogeo rabioso y destructivo. Por ello, no resulta tan fácil distanciarse del brillante conjunto de balances del pensador francés y hay que admitir que una vuelta a la lectura de sus obras de hace unos cuantos años, es más que posible y que, incluso, puede resultar sorpresivamente reveladora.

No recuerdo cómo me enganché a la lectura de Baudrillard, qué libro fue el primero que leí de él, pero seguro que fue a causa de frases, de trallazos como este: “El orgullo capitalista transexual de los mutantes crea la magia de esta ciudad”. Baudrillard está describiendo Salt Lake City, la capital de los mormones, y se encuentra en uno de sus libros más amenos y fulgurantes, América, agudo análisis del universo americano, que desde 1987 no para de reeditarse hasta nuestros días.

 A principios de los años ochenta Baudrillard inicia su periplo americano. Llega al continente en el momento de la era Reagan, del proyecto bélico, que no fílmico, de la guerra de las galaxias, de la inicial difusión de la informática. Pero su retrato de América no dependerá de la observación de los  factores políticos del momento. Baudrillard saca provecho de sus impresiones primeras y globales del país, de la apariencia de sus ciudades y de la conducta de sus habitantes.

América es fundamentalmente un desierto, es decir, esta es la forma sobre la que se deslizan las ciudades americanas y sus realidades sociales, como también el espacio circundante de todo ello, el espacio total de la posibilidad. Sobre la línea continua e infinita del desierto se alzan los conjuntos de cristal de los rascacielos, los moteles, las gasolineras, las ciudades encantadas de un mundo en el que, presumiblemente, se ha efectuado la utopía. El desierto es de este modo la base estructural de lo posible, lo que, conceptualmente, más que indicar lo de “empezar desde cero”, alude a la ausencia de signos.
En América asistimos a una “desublimación espectacular del pensamiento”, América es un espacio nativo en el doble sentido: primitivo y originario, es decir, liberado de toda las complejidades históricas que pesan sobre Europa y absolutamente franco en la expresión de su impudor y, por lo tanto, impulsado naturalmente, a la realización de todo. Lo quimérico, lo desmesurado aquí es sencillamente, realizable, el tono regular de lo diario.

América no es solo la consecuencia de Europa, es su trascendencia ilimitada, su extremismo sin término, la inagotabilidad del principio. Si Europa representa la densidad histórica, la sutileza del concepto, la cuita moral, América es simplemente, el lugar siguiente a todo ello sin la presencia influenciadora de todo ello. Lo posible es aquí posible, y en tal capacidad sin horizonte limitador residirá el carácter delirante de todo lo americano.

En su eléctrica descripción conceptual del paisaje americano y sus gentes, Baudrillard desmitifica parajes de modernidad: -  “el puritanismo de la informática”, o bien el autista que corre solo ataviado con sus ropas deportivas y provisto de su walkman que le incomunica del entorno, figura que sigue siendo hoy la misma aunque el aditamento electrónico musical se haya economizado hasta su práctica invisibilidad y que al pensador francés le parece un triste anuncio apocalíptico-; se permite alguna malignidad:” a falta de identidad, los americanos poseen una maravillosa dentadura”; o confiesa que, a pesar de la rica destinación que distingue al europeo, finalmente, la desinstalación cultural que supone América puede vivirse sin conflicto y también con gozo.

Si América es el vivero cosmicómico  de lo que devendrá en Occidente, Baudrillard lo confirma con un par de observaciones que conectan directamente con nuestra más vibrante actualidad: 
“La última obsesión de la opinión pública americana son los abusos sexuales contra los niños”.   Esto escribía Baudrillard en el 86. Hoy asistimos a la caza de redes internacionales de pederastas.

“La liberación (sexual) sumió a todo el mundo en un estado de indefinición (siempre pasa lo mismo: una vez liberado te ves obligado a preguntarte quién eres)…. Pero el problema general es el de la indiferencia, unido a la recesión de las características sexuales… En el límite ya no existiría lo masculino y lo femenino sino una diseminación de sexos individuales… final de la seducción, final de la diferencia”. O sea, que la liberación sexual a ultranza ha traído como consecuencia la dispersión de las ubicaciones anteriores, y  la disolución de toda frontera conformadora de las relaciones sexuales. Ante un panorama en el que toda reivindicación ha sido sobrepasada se explica que los movimientos homosexuales emerjan como definidores de la nueva identidad sexual, como fórmulas de descubrimiento de la sexualidad. Por ello, pretender ser un donjuán ahora es políticamente incorrecto, ya que enfatiza con elocuencia la diferencia sexual ante las presiones por la indistinción.


Baudrillard no emite un veredicto maniqueo o final sobre América, nos brinda las descripciones fascinadas de sus geografías y delirios, señalando que si, puntualmente, se muestra como la antítesis de Europa, también supone la ocasión de nacer, sorpresivamente libre, de toda determinación cultural previa. América es, pues, un paisaje originario en el que se subsumen todos los otros paisajes elaborados en Europa. En su potencia generadora de realidad reside tanto la virtud de su libertad- vivir sin la condición de construir una identidad- como la asunción social de la desmesura.  

 

 




29.6.17

NOTICAS. Tralk y Hofmansthal, por ejemplo.


 




Hay poetas y poesías que visitamos como buscando un placer determinado, como si nos suministraran un tipo de fascinación y emotividad que, por otro lado, tuvieran una muy escasa relación con el mundo actual en el que vivimos. Se podría decir que son estas algunas de las características que comúnmente producen las obras poéticas o la poesía, pero los casos específicos remarcaran lo dicho. La poesía, por ejemplo, de Hugo Von Honfmasthal o la de George Tralk. Con la de Hofmansthal accedo a un mundo selecto, aristocrático al tiempo que íntimo y exquisito. Sólo en algún estado fugitivamente visionario o en momentos muy contados de meditación suculenta, he podido propiciar un tipo de universo que se correspondiera con una poesía como la del austríaco o ubicarme en un espacio de inspiración similar al que expresan sus mejores poemas. Algunos poemas de Hofmansthal parecen hablar de un linaje perdido al que hemos pertenecido como integrantes de un orden superior. Por ello mismo seguimos siendo depositarios de lo sublime, aunque no seamos conscientes de ello sino a través de la evocación melancólica.

Con Tralk accedemos a un universo tan concreto como alucinógeno, tan preciso como espectralmente intenso. La poesía de Tralk hace de un limitado repertorio de motivos humildes, -  fuentes, plazas, calles, atardeceres, parejas de amantes, ríos, hierba,  - un desfile estático de atmósferas extraordinariamente compactas.

En muchas ocasiones, el poeta apenas elabora paisajes, tan solo nombra o enuncia los motivos concretos según un orden de percepción concéntrico.  Al hacerlo, inviste de una solemnidad extraterrenal esos entornos humildes, convierte las cosas que refiere en presencias totales, en símbolos puros. Cuando me he perdido por parajes del campo o en pueblos que no conocía y ha coincidido que esto ha ocurrido en relajantes atardeceres, me he encontrado con la musa de este poeta. Tralk parece sencillo, pero el efecto, el mundo que produce es de una singularidad extraordinaria. Por ello digo que las poesías de ambos poetas me dicen poco de mi mundo de hoy pero me lo pueden decir si los visito con la lectura y hallo esa onda ambiental que sus palabras provocan, en ese mundo de ahí fuera que, súbitamente, se transforma.
Sus poesías pertenecen a mundos históricos que ya han cerrado su ciclo vital, es decir, mundos acontecidos, pero entrar en las palabras de los poetas es volver a internarse en tales numinosidades, actualizarlas en uno mismo, en lo que significan.    


23.6.17

VIVA LA PATAFÍSICA


 
 
 

Efectivamente, ya sabemos que “la realidad supera a la ficción” y también que “la realidad imita al arte”. Pero creo que vamos camino de rizar el rizo y establecer lo sorprendente y raro como calificativo regular  de lo que nos ocurre y hacemos como género. Leo una noticia sobre las últimas investigaciones llevadas a cabo en la Universidad Miguel Hernández de Elche: El investigador de Neurociencias de UMH Alejandro Gómez Marín descubre que la ley de potencias en el trazado de los garabatos humanos está presente en las trayectorias  de las larvas de la mosca de la fruta. Es decir, que el movimiento de los bichos buscando comida reproduce un patrón de líneas y curvas que es idéntico – o casi – al que los humanos reflejan al hacer garabatos al buen tuntún sobre un papel. La verdad es que al leer el titular me resistí a aceptar lo que había o creía haber entendido.

Al leerlo de nuevo e internarme en el texto del artículo, no tuve más remedio que aceptar, con algo de irritación y sorpresa lo insólito de la noticia. Un montón de preguntas me vinieron a la cabeza cuestionando la verdad, la prioridad, la razón de tales investigaciones y resultados. No es que reaccionase contra los avances del conocer sino que lo hacía contra el aspecto retorcido y algo ridículo que adquiere. Se hace complicado criticar a la ciencia cuando esta se ha vuelto ya surrealista.

La pregunta pertinente, con respecto al experimento en cuestión, sería qué razón ha llevado a presentar similitudes entre una y otra cosa y no entre otras distintas.







En primer lugar ya está descrito no solo el protocolo que las larvas de la mosca de la fruta llevan a cabo para obtener su alimento sino la serie y tipo de movimientos precisos que realiza para ello. En segundo lugar, también está detectada y descrita, a través, supongo, del sesudo registro experimental, una uniformidad de trazos varios que el individuo humano ejecuta distraídamente al hacer garabatos y que constituye, nada menos, que un patrón – conjunto regular de líneas y curvas. Ambas cosas, tras ser percibidas, estudiadas y medidas, se comparan y  muestran un paralelismo direccional (casi) total.

Lo que uno se pregunta enseguida es la utilidad de un experimento de este tipo, la elección caprichosa de los objetos experimentados, la posibilidad de que pueda surgir cualquier otra estrafalaria semejanza entre otros dos objetos relacionados entre sí, y sobre todo, el grado de convencionalidad del experimento, es decir, hasta qué punto la relación entre movimientos larvarios y garabatos constituye tal relación.

Si lo que el experimento postula es la existencia de unas pautas en el universo, formas de procedimientos similares entre elementos dispares del mundo biológico, subamos un poquitín el listón, porque podríamos sentirnos tentados por establecer semejanzas operacionales sobre tales franjas entre, por ejemplo, la altura que alcanzan las gotas de lluvia al rebotar contra las hojas de un seto y la que alcanzan las crías de la pulga marinera a la búsqueda de un espacio de succión sanguínea; o bien suponer un paralelismo entre los tirabuzones que un globo deja en el aire al deshincharse  y  los dibujos que la batuta de un director de orquesta hace sobre el éter al dirigir la séptima de Beethoven.

Preferiría pensar similitudes cósmicas entre  la espiral del ADN, fractales, mandalas  y lo que ocurre dentro de un agujero negro antes que conocer las veleidades vagamente pictóricas de una larva y la tendencias de larva errática de la mano al trazar garabatos sin historia. Aun así, la descripción de este experimento de la Universidad Miguel Hernández me sigue pareciendo  bizarra, curiosa- algo en común debemos tener los habitantes del mismo planeta aunque nos desarrollemos en biotopos bien distintos -  y lo que me irrita no es lo que se ha presuntamente descubierto sino la naturaleza misma del experimento: algo aparentemente anodino – las relaciones “psicomotrices” confirmadas entre larvas y garabatos, que implica, sin embargo, parentescos genesíacos - la acción de leyes -  entre los seres de la creación.

Lo extraordinario se integra en el funcionamiento de la normalidad de la vida. Lo insólito se camufla en lo real. Y por lo tanto, lo real es también raro. Sea dicho, de todos modos, que si la mano del ser humano, al hacer garabatos, traza distraídamente itinerarios vitales para seres inferiores,  en tanto esa mano abandone la desidia, esculpirá las vías de acceso a las estrellas para conocer a nuestros hermanos del espacio. Adelante, pues.